La Abuela Luciana, sembradora de palabras
* Si las cosas van mal en la tierra es porque el hombre ha dejado de hacer lo que tiene que hacer, porque nos hemos vuelto flojos
* La felicidad no radica en poseer más y a la fuerza; si todos entendiéramos eso este mundo sería más bonito
El Chote, Mpio. Papantla, Ver., 17 de marzo de 2013.- Al ser esta una práctica económica informal poca atención se le pone, por eso no se tienen números concretos de cuántos curanderos, hechiceros o parteras existen en el país, mucho menos cuántos de ellos son de procedencia indígena, pero lo que sí es un hecho es que cada vez son menos. Igual que el uso de las lenguas originarias, la práctica de la medicina tradicional es motivo de vergüenza entre la juventud.
No obstante, en la comunidad de El Chote, municipio de Papantla, se puede escuchar la voz y la sabiduría de la Abuela Luciana Pérez Tiburcio, de 68 años, totonaca, curandera y partera desde los 16 años, madre de 12 semillas (como a ella le gusta decirles) y miembro de la Casa de los Abuelos del parque temático de El Tajín o Kantiyán.
En medio de una fiesta de olores, producto de su jardín de plantas medicinales, expone su mensaje y dispersa su sabiduría tan profunda como el pozo de donde ella y su familia obtienen el agua diaria.
Todo nos ha sido dado en abundancia por mano divina, afirma mirando al monte con una sonrisa eterna que parece desafiar el presente colmado de carencias. “Si las cosas van mal en la tierra es porque el hombre ha dejado de hacer lo que tiene que hacer, porque nos hemos vuelto flojos”. Cada palabra y cada anécdota están inmersas en su práctica cotidiana: ayudar a bien nacer y a bien vivir.
Cada bebé que es puesto en el vientre materno es una bendición, dijo, y hay que corresponder como se debe. Así la Tierra y cada uno de los frutos que en ella se encuentran. “Tenemos una Tierra que todavía tiene vida, todavía tiene todo lo necesario para renovarse, pero debemos ayudarla en lugar de destruirla”.
La Abuela Luciana, quien hace un par de años fue a Santiago de Chile a realizar una curación de la Tierra, comenta que lo más grato de haber ido y regresado al año siguiente fue que una discípula que tuvo, a quien dio indicaciones precisas de cómo atender un parto, tuvo el valor suficiente para ayudar a bien nacer a un bebé en aquellas lejanas tierras. La magnitud de la hazaña es única: un bebé chileno que vio la luz gracias a la práctica tradicional totonaca, allá en Santiago de Chile.
Para la Abuela Luciana, la diferencia estriba en el valor que uno tiene, el valor para tomar las decisiones y hacer uso de nuestra propia voz, de nuestra propia palabra. “Hay que hablar, porque el que no habla no se hace entender”. Incluso fuera de las fronteras de su propio lengua materna, el totonaca, y su idioma adoptivo, el castellano, la Abuela Luciana ha interactuado con hablantes de náhuatl, otomí e inglés sin que entre ellos exista algún intermediario, y con una sonrisa de satisfacción comenta que aunque de principio parece que no se entienden, aunque sea una palabra se llevarán y eso será prueba suficiente de que la sabiduría fluye entre ellos.
“Las palabras también son semillas que se siembran en el corazón de las personas, por eso hay que ser cuidadosos con las palabras que emitimos, porque muchas veces no somos conscientes del poder que tienen y lo que pueden ocasionar”.
La Abuela Luciana recuerda su infancia, cuando en la escuela comenzaron a prohibir a los estudiantes de las rancherías que hablaran la lengua totonaca. Esto lleva a un vacío idiomático en las generaciones de aquella población indígena, reflejo probable de muchos otros grupos en el país. Hoy, la preocupación de los mayores, comenta, es volver a enseñar la lengua totonaca a los más pequeños. Confiesa que no es tarea fácil, pues gran parte de la juventud se avergüenza de hablarlo en público.
Es entonces cuando la empresa de la Abuela Luciana rebasa las fronteras de lo físico, de la atención del parto y la maternidad o los dolores de cabeza, la fiebre o el espanto y se encamina a otro plano más abstracto: la curación del alma, la renovación del espíritu y la fortaleza de la voz.
El hilo conductor de su plática es precisamente ése: hay que platicar, hay que hablar. “Un día se acaba lo bueno o lo malo que fui y no va a quedar nada físico, pero siquiera se van a acordar de que esta Abuela les trajo este trabajo, esta curación y lo van a repetir”.
En el universo totonaca, el día a día es un ejercicio cíclico que forma parte se ciclos más grandes, por eso la importancia de repetir las cosas buenas que se adquieren en la vida, por eso la importancia de poner el corazón en las acciones y profesar un amor sincero por el entorno, por el prójimo; un amor que comprenda sus magnitudes y alcances y que esté consciente de que se da de forma natural, que no puede ser forzado.
Hay que comprender que no se tiene todo lo que se quiere y que a veces hay que dar por hecho que la felicidad no radica en poseer más y a la fuerza, puntualizó; si todos entendiéramos eso, este mundo sería más bonito.
No se puede retener nada a la fuerza, por eso la Abuela Luciana platica todo el tiempo, comparte a cada instante lo que le dijeron sus abuelos, su propia experiencia que se traduce en sabiduría milenaria; predica con la práctica o, más bien, predica con la plática.
La Abuela Luciana Pérez Tiburcio, que a sus 68 años de edad no ha conocido la enfermedad que la postre en cama, canta su mensaje entre un coro de pajarillos que habitan su jardín. Con un semblante risueño y transparente como el agua de su pozo, siembra la semilla más preciada en los corazones de la gente que le rodea: “Yo le hago hablar hasta a un árbol, porque de tanto que le digo, le escucho su ruido”.





