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Crónicas Urgentes Los días iguales

Claudia Constantino
           
   
         Minutos antes de las seis de la mañana, como cada día y sin ayuda de un despertador pues la costumbre hace lo suyo, Margarita, se levanta de su lecho y comienza a recoger la casa; prepara la comida de sus dos hijos adolecentes; hace cuentas de lo que tiene que pagar ese día: agua o luz; gas y pasajes. Antes de las ocho sale de su casa camino a donde le toca en esa ocasión hacer el aseo (tiene tres patrones, porque su empleo por día se paga mejor) y minutos antes de las nueve está a la puerta de su destino.
            Limpia, lava, plancha, lava trastes y no para más que breves minutos para tomar un café a media mañana y comer lo que los patrones dispongan después de las tres. Todo lo hace en silencio, procura ser discreta, eficiente, que no haya queja; así, ha conseguido servir por años en las mismas casas. Si se apura, sale a las siete de vuelta a su casa. Todos los días lo mismo a cambio de 200 pesos; no hay seguro social, gastos médicos; ni prestación alguna; ya es mucha suerte ganar poco más de tres salarios mínimos al día.
            Esta mujer, cuya historia se parece a la de muchas otras en este país, está separada hace un par de años del padre de sus hijos, cuya única ayuda consiste en haberles dejado “su parte” de lo invertido en la edificación de la muy modesta vivienda en que esta familia, hoy de tres, vive; gracias a la generosidad voluble de la madre del ausente padre, verdadera propietaria del lote donde construyeron.
            Con ningún documento demuestra la propiedad legal del predio Margarita, y ha invertido todo lo que ha podido, en lo que considera su hogar. Sin embargo, la posesión de esta casa, está condicionada a que “no la vean con otro”; a que “siga siendo buena madre”; a que “le tenga paciencia al ex marido”; según los designios de la abuela de sus hijos que es quien les dio el “pedazo de tierra donde viven”.
            — El abogado que consulté me cobra muchísimo dinero por escriturarme la propiedad. Tendría que hacer de tripas corazón con mi suegra y mis hijos me tendrían que ayudar a ponerla de buenas para que vaya y nos firme; porque unas veces dice que lo hará, otras dice que no; pero ni en toda una vida podría juntar los 15 mil pesos que me cobran, dice desesperanzada.
— ¿Has ido al DIF en busca de ayuda?
            — Una vez, pero me dijeron que me cobraban más barato por la escritura, pero sigue siendo mucho para mí. Por eso le aguanto todo a mi suegra, si tuviéramos que pagar renta, entonces sí nos moríamos de hambre, asegura.
            — Mis dos hijos estudian, por uno de ellos cobro la beca de oportunidades y nos dan $360.00 mensuales, pero no lo entregan cada mes. Eso y mi sueldo es todo lo que tenemos para vivir. Rezo para que no nos enfermemos, porque cuando eso pasa, me veo en muchos apuros, explica.
            — El chamaco grande quiere estudiar para chef, pero es imposible que le pueda pagar esa carrera; ya investigué y son dos mil trecientos al mes de colegiatura; no se puede, se dice a sí misma.
            La cara triste de esta mujer sin edad, porque al verla es imposible suponer que tan sólo tiene 40 años, a juzgar por su cansancio evidente y su desesperanza; acompaña las últimas palabras de la entrevista:
            — Parezco disco rayado con los chamacos, todos los días les digo que estudien, que no dejen la escuela, que por eso yo me chingo diario, pa’que ellos puedan estudiar y tengan una vida mejor que la mía. Pero ahora que ya el primero termina la secundaria me doy cuenta que los engañé, yo no les puedo pagar una carrera, y suelta el llanto.
            — Yo no quería que todos sus días fueran iguales, como son los míos, concluye. Y la dejo ahí, en su casita muy cerca de Las Trancas, a unos minutos del centro de Xalapa.

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