Claudia Constantino
Limpia, lava, plancha, lava trastes
y no para más que breves minutos para tomar un café a media mañana y comer lo
que los patrones dispongan después de las tres. Todo lo hace en silencio,
procura ser discreta, eficiente, que no haya queja; así, ha conseguido servir
por años en las mismas casas. Si se apura, sale a las siete de vuelta a su
casa. Todos los días lo mismo a cambio de 200 pesos; no hay seguro social,
gastos médicos; ni prestación alguna; ya es mucha suerte ganar poco más de tres
salarios mínimos al día.
Esta mujer, cuya historia se parece
a la de muchas otras en este país, está separada hace un par de años del padre
de sus hijos, cuya única ayuda consiste en haberles dejado “su parte” de lo
invertido en la edificación de la muy modesta vivienda en que esta familia, hoy
de tres, vive; gracias a la generosidad voluble de la madre del ausente padre, verdadera
propietaria del lote donde construyeron.
Con ningún documento demuestra la
propiedad legal del predio Margarita, y ha invertido todo lo que ha podido, en
lo que considera su hogar. Sin embargo, la posesión de esta casa, está
condicionada a que “no la vean con otro”; a que “siga siendo buena madre”; a
que “le tenga paciencia al ex marido”; según los designios de la abuela de sus
hijos que es quien les dio el “pedazo de tierra donde viven”.
— El abogado que consulté me cobra
muchísimo dinero por escriturarme la propiedad. Tendría que hacer de tripas
corazón con mi suegra y mis hijos me tendrían que ayudar a ponerla de buenas
para que vaya y nos firme; porque unas veces dice que lo hará, otras dice que
no; pero ni en toda una vida podría juntar los 15 mil pesos que me cobran, dice
desesperanzada.
— ¿Has ido al DIF en busca de ayuda?
— Una vez, pero me dijeron que me
cobraban más barato por la escritura, pero sigue siendo mucho para mí. Por eso
le aguanto todo a mi suegra, si tuviéramos que pagar renta, entonces sí nos
moríamos de hambre, asegura.
— Mis dos hijos estudian, por uno de
ellos cobro la beca de oportunidades y nos dan $360.00 mensuales, pero no lo
entregan cada mes. Eso y mi sueldo es todo lo que tenemos para vivir. Rezo para
que no nos enfermemos, porque cuando eso pasa, me veo en muchos apuros,
explica.
— El chamaco grande quiere estudiar
para chef, pero es imposible que le pueda pagar esa carrera; ya investigué y
son dos mil trecientos al mes de colegiatura; no se puede, se dice a sí misma.
La cara triste de esta mujer sin
edad, porque al verla es imposible suponer que tan sólo tiene 40 años, a juzgar
por su cansancio evidente y su desesperanza; acompaña las últimas palabras de
la entrevista:
— Parezco disco rayado con los
chamacos, todos los días les digo que estudien, que no dejen la escuela, que por
eso yo me chingo diario, pa’que ellos puedan estudiar y tengan una vida mejor
que la mía. Pero ahora que ya el primero termina la secundaria me doy cuenta
que los engañé, yo no les puedo pagar una carrera, y suelta el llanto.
— Yo no quería que todos sus días
fueran iguales, como son los míos, concluye. Y la dejo ahí, en su casita muy
cerca de Las Trancas, a unos minutos del centro de Xalapa.
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