Claudia Constantino
Uno se anuncia con la secretaria,
que nunca ha escuchado el nombre de La Jornada o de algún otro de los medios
que le indico y le cuesta tomar dictado de los nombres de la fotógrafa y
periodista que solicitan entrevista con la ex directora dela Biblioteca Carlos
Fuentes. Tras un rato deletreando, corrigiendo y rectificando los datos
requeridos, nos anuncian con la asistente de la licenciada.
Minutos más tarde la asistente sale
agenda en mano: “mañana a las diez de la mañana, la licenciada les puede
recibir”. Volvemos al día siguiente a la hora asignada, la primera secretaria
nos anuncia con la asistente; nos acompañan al privado de la directora.
—
Buenos días. Mucho gusto. Nos dice a ambas sin dirigirse específicamente a
ninguna y sin sostener la mirada.
—
Nos disculparán, pero vamos llegando (Han pasado casi dos semanas desde que
comenzaron a acomodarse)dice sin dejar de sonreír.
Con toda propiedad y paciencia para
alguien que jamás ha escuchado el nombre de sus interlocutoras y no le hace
mucho caso al de los medios para los que trabajamos, finalmente me escucha
decir:
—
Me gustaría que me dijera cómo encuentra la dirección, que nos platique de los
planes y proyectos a los que dará continuidad y su punto de vista, sobre lo que
esta ciudad necesita para apuntalar la frenética actividad cultural que tiene.
Mirando todo el tiempo a la
fotógrafa, le vaya a tomar una foto o no, responde:
—
En este momento no puedo dar declaraciones porque aún no me ha sido otorgado el
nombramiento de manera oficial. Es decir, aún no se ha hecho el acto
protocolario. Apenas estamos en la evaluación de lo que ya había, y planeando
las primeras acciones que emprenderemos. Mucho les agradecería que regresaran
en unas dos semanas.
A partir de ese punto, no hay más
nada que hacer, nunca me mira, todo el tiempo mira a la fotógrafa que ni una
vez acciona su cámara, pues no hubo entrevista. Dejamos números telefónicos y
nos llevamos la promesa de que nos llamarán, eso nunca sucede.
Dos meses después la veo en la
presentación del libro Zongolica, editado por la Editora del Gobierno del
Estado, asiste como invitada, no interviene, sólo sonríe y saluda. Dos meses
más tarde es la oradora en ocasión de la celebración que por el día del libro,
organizan los libreros de Xalapa, con apoyo de algunos regidores en la Plaza
Lerdo.
Su asistente, esta vez es un hombre,
le explica el contenido de su discurso, que evidentemente no escribió, saluda y
sonríe. Al tocar su turno lee un discurso vacuo, al día siguiente de la muerte
de García Márquez. Presume que está releyendo “Cien años de soledad” y hace una
cita tan gris que ni siquiera recuerdo. El día de su toma de posesión como
directora de la biblioteca Carlos Fuentes; Carlos Brito, su padre y ex alcalde
de Coatzacoalcos; ex diputado federal; ex diputado local; extitular de la
comisión de procesos internos del PRI, asesor del gobierno próspero, la
acompaña. En la toma de posesión como directora de cultura del Ayuntamiento de
Xalapa, aunque no está presente, también.
Brito está considerado, quizá aún,
como el cacique urbano del sur de Veracruz, pues muchos de sus discípulos
(Marcelo Montiel Montiel, Adolfo Mota, Marcos Theurel, Flavino Ríos, Adolfo
Mota, Fernando Charleston Salinas, Gonzalo Morgado Huesca, etcétera) están en
el primer plano de la clase gobernante. Así, ¿Qué podría tener de complicado
colocar a sus hijos?: Uno de ellos notario en Minatitlán, a quien también quiso
empujar a la alcaldía de Coatzacoalcos. Y la hoy
directora de Cultura de Américo Zúñiga.
¿Y Xalapa que culpa? Pero eso:
¿Desde cuando importa?
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