Ángel Lara
Platas
Vaya lio que se ha armado con la
propuesta de unos diputados verdes de la Asamblea del Distrito Federal, que,
ansiosos de alcanzar notoriedad y ser registrados por la historia, tuvieron la
insalubre ocurrencia (por sesgada y coja) de elaborar una propuesta de ley para
prohibir la utilización de animales en espectáculos circenses.
Como muchos otros que ven en la
diputación la oportunidad de hacer valer su efímero poder y mostrar el músculo
de fuerza política, los aludidos, un día de los pasados, los asaltó la idea de
acabar, de una vez por todas, con los espectáculos circenses que utilizan
animales salvajes amaestrados, porque supuestamente
causan efectos nocivos en la salud mental de los niños que acuden a este tipo de
diversiones. La crítica dice que se trata de una medida electorera para granjearseel
voto de los animalistas y las sociedades protectoras de los animales.
Solo que hay un detalle digno de
considerarse:los parlamentariosno fueron parejos,fueron selectivos en su
propuesta. Es decir, la citada iniciativa de ley está elaboradasolo para
sancionar (y en su caso castigar), a los propietarios de los circos que usan
animales amaestrados en sus rutinas, pero dejan a un lado las corridas de toros
-por ejemplo-, donde frente a miles y conamplia cobertura televisiva, los
animales van muriendo a pausas por la inequitativa contienda, en la que el
pobre animal solo cuenta con sus astas para defenderse de las mortíferas espadas
de los hombres de cortos y ceñidos pantaloncillos.
Dejaron de lado también las
tradicionales peleas de gallos que, forzados por las apuestas de sus dueños,
los pobres animales van perforándose mutuamente sus frágiles organismos, hasta
quedar sin aliento y sin sangre.
Tampoco chistaron nada de alguna
sanción a quienes abandonan en la calle a los perros que antes sirvieron como
mascotas; ni contra quienes poseídos por instintos patibularios les gastan todo
tipo de maltratos.
En la referida propuesta de ley no se
lee sobre de las peleas de perros, que aunque se trate de una raza de
particular bravura con una extraordinaria fuerza en las mandíbulas, la
naturaleza no les dio esas características para destrozarse unos a otros para
complacencia de espectadores y apostadores, sino para proteger a sus amos de la
ferocidad de otros animales.
Los ya populares legisladores,
tampoco se dieron un tiempecito para echar un vistazo por las azoteas de los
edificios del Distrito Federal, para ver qué pasa con los cientos de miles de animales
enjaulados y hambrientos, cuyos lamentosos aullidos parten el alma hasta de los
más insensibles. Ni en cuenta.
Y de los equinossometidos a intensas
jornadas de trabajo, que expirantes se les ve por colonias de cualquier ciudad,jalando
los cajones con ruedas donde transportan basura doméstica que a cambio de
propinas para sus amos, la llevan a tiraderos no regulados.
Ni por asomo, los parlamentarios de
amplio espíritu protectorde animales, le echaron un ojito a los rastros para cerciorarse
de las condiciones en las que mueren los animales, con métodos de matanza que
horrorizaría al mejor degustador de carnes en cotizadísimos cortes.
Su espíritu defensor no alcanzó para
proteger a los animales exóticos, que en cautiverio padecen los siniestros efectos
del forzado encierro.
Sin embargo, hay que señalar que no
está nada mal que los legisladores en cuestión diseñen una ley de mejores
alcances para proteger verdaderamente a los animales del salvajismo humano.
Pero se les hubiera agradecido más si se hubiesen aplicado con mayor
responsabilidad para considerar, entre otros, los siguientes aspectos:
Al parecer no dimensionaron que los
circos se desharán de más de 50 mil animales que por el número no encontrarían
acomodo en los zoológicos del país. Al respecto hay que señalar algo
importante: los mismos no pueden ser devueltos a su hábitat natural (como ellos
en su discurso lo han sugerido), simplemente porque nacieron en cautiverio, en
criaderos, y no sabrían cazar a otros animales para su alimentación simplemente
porque no tienen esa práctica.Quedarían a merced de sus depredadores naturales
porque tampoco se saben defender. Morirían de hambre o entre las fauces de sus
atacantes. Aparte que para disminuir los daños en algún eventual ataque a sus
domadores, sus garras y colmillos han sido devastados. Esto los pone en un
estado de total indefensión.
Familias enteras se quedarían sin
empleo porque para adiestrarse en otrasrutinas se requiere tiempo.
Les faltó hacer supervisiones a los
circos, a fin de constatarlas condiciones en las que viven los animales. También
debieron investigar más para saber con precisión si verdaderamente ese tipo de
diversiones predisponen a los pequeños a conductas antisociales. Y checar si el
personal que procura a los animales está altamente capacitado, y de ahí partir.
Por lo pronto, y tal vez sin querer,
ya mutilaron aquella centenaria frase que le acomodaron a los gobernantes:
“Para el pueblo pan y circo”.





