El rechazo a la inseguridad es justo, pero el método afecta a quienes menos tienen
Orizaba / Córdoba, Veracruz. 23/06/26. — La inconformidad de los transportistas de la AMOTAC es comprensible: los asaltos, robos, cobros abusivos y la falta de seguridad en las carreteras son problemas graves que requieren atención urgente. Sin embargo, la forma elegida para exigir solución —un paro nacional y marcha lenta programada para mañana 24 de junio a partir de las 06:00 horas— no afecta a las autoridades o a los responsables de la inseguridad, sino a miles de familias trabajadoras y estudiantes de la región.
El punto de reunión será a la altura de la USBI en Sumidero, de donde partirán en marcha lenta hacia el PIVO, con el fin de manifestarse también contra la Ley de Aguas Nacionales. Pero entre sus reclamos y la realidad cotidiana, hay un costo que nadie menciona: el caos vial en las horas de mayor movimiento.
A esa hora, cuando inicia la medida, es justo el momento en que:
- Padres y madres salen con sus hijos para llevarlos a la escuela; el tráfico lento y bloqueos harán que muchos lleguen tarde o pierdan clases, además de exponer a menores a aglomeraciones y demoras innecesarias.
- Obreros y empleados de primer turno de fábricas, comercios y servicios corren el riesgo de llegar con retraso a sus jornadas, con el temor de perder su sueldo o incluso su fuente de trabajo, algo que ningún paro compensa.
- Comerciantes y trabajadores locales verán reducir su venta desde temprano, ya que el flujo de clientes y mercancías se verá frenado justo en las zonas más transitadas de Orizaba y Córdoba.
La pregunta que surge es inevitable: ¿por qué las medidas de presión terminan siempre castigando a quienes ya tienen poco? Quienes conducen camiones tienen razón en exigir respeto y seguridad, pero bloquear o ralentizar las vías principales no resuelve el problema, solo traslada la molestia y el perjuicio a quienes no tienen voz para defenderse.
Si el objetivo es hacer notar el problema, la estrategia falla: en lugar de generar solidaridad, genera frustración. Porque al final, el que sufre el paro no es la autoridad, ni el asaltante, ni quien pone trabas burocráticas: es el trabajador que madruga, el estudiante que va a clase y la familia que intenta cumplir con su día a día.
Es justo protestar, pero no es justo que la solución empiece por afectar a los más vulnerables.






