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Y 190 AÑOS DESPUÉS, RECUPERAMOS LO QUE SANTA ANNA ENTREGÓ

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 Y 190 AÑOS DESPUÉS, RECUPERAMOS LO QUE SANTA ANNA ENTREGÓ


Pablo Jair Ortega


Sin duda, la noticia de la semana ha sido la tremenda rastriza del Partido Demócrata al Partido Republicano en Estados Unidos. Una votación histórica que ha cambiado el mapa político estadounidense y el equilibrio del poder en ese país.


Destaca la llegada de una nueva oleada de políticos de origen palestino, mexicano, integrantes de la comunidad afroamericana y nativos americanos a cargos que van desde gubernaturas hasta senadurías y diputaciones. También hay un musulmán y un hombre gay electos: algo impensable para los grupos políticos conservadores y de ultraderecha.


En las últimas horas, los analistas que he leído coinciden en algo muy obvio: la derrota de los republicanos, si bien merece un análisis más minucioso en lo particular, en lo general se atribuye a la manera de gobernar del presidente Donald Trump.


Es decir, esta elección se convirtió en un referendo.


En este sentido, las elecciones intermedias de Estados Unidos sirvieron para mandar un mensaje contundente a través de un voto de castigo de los estadounidenses, hartos de su presidente y de acciones como la persecución de migrantes latinos a través del ahora todopoderoso ICE, los discursos incendiarios contra el mundo por simples rabietas y la guerra contra Irán, que nadie comprende por qué Estados Unidos intervino y adoptó como suya.


Pero no sólo se trata de la figura presidencial en sí, sino de todo lo que representa: una oligarquía de millonarios y una clase política que durante años se ha olvidado de la clase trabajadora estadounidense, utilizando como petate del muerto el fantasma del comunismo para defender el american way of life.


Para México, la elección de Estados Unidos también es muy significativa (parece mentira, pero creo que la mayor parte del mundo se alegró del aplastante avance del Partido Demócrata), porque representa una esperanza de que se frenen las cacerías humanas y las políticas que tienen atemorizadas a miles de familias que viven con el temor de ser deportadas.


Llegan, aparentemente, representantes ciudadanos más moderados, más conscientes de la lucha de clases, más empáticos con la situación migratoria y más alejados del racismo.


Aunque tampoco hay que dejar de lado que los gringos tienen sus propios intereses y su particular manera de ver la vida como potencia mundial de este lado del mundo.


En general, la extrema derecha que avanzaba peligrosamente en el continente americano ya ha sufrido dos derrotas dolorosas: la elección presidencial en Brasil y ahora las elecciones intermedias en Estados Unidos.


Así, la ultraderecha acaba de sufrir (lero, lero) en el país desde el que pretendía marcarle el paso al resto del mundo a través de las ocurrencias del presidente Trump.


¿Qué pasará en un futuro cercano? No se sabe, en realidad, pero hay señales de que un Trump debilitado podría bajarle dos rayitas a su actitud beligerante ante el mundo. Una derrota de ese nivel, sin duda, lo derrumbó.


Por lo pronto, en México, pese al buen ánimo que prevalece (como si hubiese arrasado Morena en Gringolandia), no debemos olvidar que los gabachos tienen sus propias prioridades y que estas van por encima de las de sus vecinos.


No obstante, la propia presidenta Claudia Sheinbaum y el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, han insistido en que existe una buena relación con Trump y su gobierno. Al menos hasta ahora, las amenazas de aranceles, las intimidaciones con el uso de fuerzas militares contra los cárteles de la droga y el “cambio” de nombre al Golfo de México han quedado más en el terreno mediático, en buena medida por el estilo fanfarrón de Trump.


Pero tampoco es para menospreciar la llegada de personas de origen mexicano y de pueblos nativos a cargos de gobierno, sobre todo en estados fronterizos, pues representan una luz de esperanza de que México podría tener otra dinámica en su relación con Estados Unidos: una diferente, matizada y menos radical que la que pretendían imponer Trump y sus fanáticos contra nuestro país.


Los que sí quedan, otra vez, como ridículos y payasos son los mexicanos entreguistas que a cada rato viajaban a Estados Unidos para pedir una intervención estadounidense. Ya vieron, una vez más, la estúpida realidad alterada que tienen en su cabecita.


Por lo pronto, podemos decir que México pareciera estar reconquistando los territorios que nos quitaron hace casi dos siglos. El caso más emblemático es Texas, que durante mucho tiempo fue bastión del Partido Republicano y de los conservadores, pero hoy será dirigido por una mujer demócrata.


Y es que, si bien Antonio López de Santa Anna firmó los Tratados de Velasco tras su derrota en San Jacinto (1836), con los que se reconocía de facto la independencia de Texas, 190 años después, a través del voto de resistencia civil y del activismo político de grupos estadounidenses (incluidos republicanos) que se hartaron de su propio presidente, parece que algunos prefirieron cambiar la historia.


Hay una consideración política importante: el avance demócrata no necesariamente significa que Texas haya dejado de ser un bastión republicano. Conviene distinguir entre el resultado electoral nacional y los resultados específicos de cada estado.


A ver cómo nos va y ojalá no resulte que, en un berrinche, nos hagan pagar los platos rotos desde la Casa Blanca.


Por lo pronto, acá desde la CDMX (DF, para nosotros los chavorrucos), la oficina de solicitudes de visa gringa se atiborra como todos los días, llegando mucha gente a cada minuto, de todos los estratos sociales, a hacer cola en la misma fila, ya sea por turismo, negocios o migración.


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