RAYOS Y CENTELLAS
Ángel Lara Platas
Una de las noticias que mayormente han
agitado a las diferentes sociedades del mundo, fue ni más ni menos que la
sorpresiva renuncia del Papa Benedicto XVI.
Pero lo más interesante del caso, es que
también hubo reacciones de más allá de lo terrenal.
La noticia de la renuncia del Santo Papa
repercutió fuerte en los planos celestiales y suprauniversales.
A la lectura del documento donde el jerarca
de la iglesia católica Joseph Ratzinger, que con palabras perfectamente
elaboradas trata de convencer a sus seguidores que su retirada obedece a
cuestiones de su mermada integridad física; le precedieron dos acuses que desde
el mismo cielo llegaron con descomunal potencia a la tierra: el rayo que
impacta en la cúpula de la Basílica de San Pedro, sin estar dadas las
condiciones climatológicas que regularmente anteceden a este tipo de fenómenos
naturales; y el meteorito –que también venía del cielo- que cayó en Rusia, en
la región de los Montes Urales, cuyos efectos tocaron violentamente las frentes
de muchos soviéticos, casi al tiempo que los cristianos, en esa parte de la
cara, recibían la ceniza del simbolismo católico.
Él mismo lo repitió varias veces en el cuerpo
del documento que leyó: que sus fuerzas estaban cediendo por el peso de los años,
que su deteriorada salud le obstaculizaba ejercer el ministerio petrino; pero
que desde su retiro seguiría sirviendo a Dios. Este sería su compromiso.
Sin embargo, aunque ya había comentarios que
antecedían a la decisión respecto a sus malestares físicos, en particular el
funcionamiento de su corazón que era apoyado por un cardioestimulador, nadie
soslaya que los problemas al interior de la Iglesia Católica, provocados por la
otra parte de sus representantes, lo hayan agobiado en extremo al grado de
perjudicar su frágil estado de salud.
El escándalo que se armó en torno a los casos
de pederastia del Padre Marcial Maciel Degollado –por cierto mexicano-, fue un
escándalo mayúsculo que todavía no ha quedado debidamente solventado.
El
fundador de los Legionarios de Cristo fue señalado de pederasta, tuvo hijos con
varias mujeres, estafó a otros curas, obtuvo fuertes cantidades económicas de
aportantes anónimos y por si faltara algo, vivió en amasiato con una de sus
hijas en Madrid, España. También plagió el libro de cabecera del grupo. Vamos,
hasta fue acusado por uno de sus antiguos colaboradores, de haber envenenado a
su tío abuelo el Obispo -ahora Santo- Rafael Guízar y Valencia, quien avaló la
exitosa carrera eclesiástica del ambicioso sobrino allá por los años treinta.
A pesar de
todas estas ternuras, Marcial Maciel soñaba con ser proclamado santo universal.
Tanto dinero llegó a sus manos que a su organización le acomodaron el mote de
los “millonarios de Cristo”.
En aquel
tiempo se especuló que el mismísimo Papa Juan Pablo II lo protegía.
Este caso
lo vivió muy de cerca el Prelado de Roma. El Cardenal Ratzinger ordenó la
investigación de la doble y exagerada vida de Marcial Maciel, líder de uno de
los más exitosos movimientos del nuevo catolicismo.
Sin
embargo, no se actuó de manera contundente para aplicar un castigo ejemplar al
cura pervertido. Benedicto XVI recibió fuertes críticas de las víctimas y sus
familiares, por la tibieza con la que trató el asunto. Pero no era tan sencillo
castigarlo: Maciel llenaba las plazas que visitaban Juan Pablo Segundo y el
ahora renunciante.
Pero la
ácida lluvia de problemas que caían sobre los techos de la Basílica de San
Pedro, continuaba de manera pertinaz.
Tan solo
el año pasado, la Fiscalía del Vaticano recibió aproximadamente seiscientas
denuncias contra curas pederastas, provenientes de diversas partes del mundo.
Y qué
decir del mayúsculo escándalo de dimensiones mundiales, al conocerse la
filtración de documentos secretos del Vaticano por Paolo Gabriele, uno de los
hombres más importantes del primer círculo papal, considerado también como
miembro distinguido de la llamada familia del Sumo Pontífice. Dicen que ese
acto de deslealtad, provocó en el representante de la iglesia romana un
profundo desencanto y hondo sentimiento de traición.
A
Benedicto XVI también lo han agobiado diversos temas que significan presiones
extremas para la política clerical que se ejerce desde los terrenos de San
Pedro.
El tema
del aborto y los matrimonios gay en no pocas ocasiones debieron haberle
perturbado el sueño al supremo pontífice. Igual ha pasado con el Banco
Ambrosiano de Milán (Banco del Vaticano), bajo la sospecha de lavar dinero del
narcotráfico mundial.
Anclado
por su salud, Benedicto XVI no poseyó la fuerza suficiente para exterminar a
los demonios que sueltos corren por las callejuelas del Vaticano.
Desde la
renuncia del Santo Padre, las horas de los fieles seguidores del máximo jerarca
de la Iglesia Católica, se llenaron de presagios.
A pesar de
la vigilante preocupación por el destino de su iglesia, el originario de
Alemania decide retirarse antes que desfallecer frente a la feligresía cristiana.
Por todo
lo que se ve, el negocio de la fe está en crisis. Se requiere un Papa más
pastoral y menos político.




