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LA MALINCHE 10/08/26.- La propuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum de cambiar el nombre de Paso de Cortés, en la zona de La Malinche y los volcanes del centro de México, por “Paso de los Pueblos Indígenas”, ha abierto un debate que trasciende la simple denominación de un lugar. La intención de reivindicar la presencia y trascendencia de los pueblos originarios es legítima y forma parte de la discusión histórica de México; sin embargo, también surge una pregunta inevitable: ¿cambiar un nombre significa corregir la historia o simplemente sustituir una memoria por otra? México es producto de una historia compleja, en la que confluyeron civilizaciones mesoamericanas, españoles y posteriormente múltiples culturas. El español, las tradiciones, la arquitectura, la religión, la gastronomía y numerosas expresiones de la vida contemporánea forman parte de ese proceso histórico. Reconocer a los pueblos originarios no necesariamente exige borrar las huellas de la conquista.
Un antecedente resulta particularmente revelador: el Estadio Azteca. En 1997, tras la muerte del reconocido dirigente deportivo Guillermo Cañedo de la Bárcena, se decidió cambiar oficialmente el nombre del inmueble por Estadio Guillermo Cañedo, como homenaje a quien tuvo un papel importante en el futbol mexicano y en la organización de los Mundiales celebrados en México. Pero el público no adoptó el nuevo nombre. La afición continuó llamándolo “Estadio Azteca”, porque ese nombre ya formaba parte de la memoria colectiva. Incluso el nombre original había surgido de un concurso nacional y la propuesta ganadora fue la de Antonio Vázquez Torres. Ante la falta de aceptación, en 1998 el recinto recuperó su denominación tradicional.
La lección podría aplicarse ahora al Paso de Cortés: los nombres históricos no son únicamente palabras colocadas sobre un mapa; con el tiempo se convierten en patrimonio de la memoria colectiva. Cortés forma parte de una etapa controvertida, dolorosa y determinante de la historia de México, pero precisamente por eso su referencia también permite recordar lo ocurrido. Una nación no se fortalece borrando las páginas incómodas de su pasado, sino aprendiendo a mirarlas de frente. Si el objetivo es reivindicar a los pueblos indígenas, quizá el camino no tenga que ser eliminar un nombre histórico, sino explicar qué ocurrió en ese lugar, quiénes habitaban esas tierras, qué pueblos participaron en los acontecimientos y qué consecuencias tuvo la llegada de los españoles. Porque si mañana cambiamos el nombre de un sitio para corregir la historia, pasado mañana alguien podría intentar cambiar otro para corregir una historia diferente. Y entonces la pregunta será inevitable: ¿quién decide qué parte de nuestra memoria merece permanecer y cuál debe desaparecer?
** Los montañistas y alpinistas también deben ser escuchados
En cualquier decisión relacionada con el nombre y la identidad del Paso de Cortés, existe un sector que no debería quedar fuera de la conversación: los montañistas, alpinistas, excursionistas y guías de montaña que durante décadas han utilizado esta ruta y la reconocen precisamente con ese nombre. Son ellos quienes transitan de manera constante por este paso, lo utilizan como referencia para sus recorridos y lo han incorporado a la tradición y al lenguaje propio de la actividad de montaña.
Por ello, su opinión debería ser tomada especialmente en cuenta antes de modificar su denominación. No se trata únicamente de un nombre escrito en un mapa o en una señal; para quienes recorren estas montañas representa una referencia geográfica que ha sido utilizada durante generaciones. Si se pretende cambiar oficialmente el nombre del lugar, quienes más conocen, recorren y utilizan esta ruta deberían tener voz en la decisión, porque son precisamente los montañistas y alpinistas quienes mantienen vivo su uso cotidiano y quienes pueden explicar mejor lo que significa el Paso de Cortés para la comunidad de montaña.





